Cerré tu ventana. Tú ventana que en realidad era mía.
Llegó a mi casa, pude reconocer su cuerpo por la ventana cuando se bajó del coche y se acercó a la reja. Tocó por aproximadamente tres minutos y gritó mi nombre, vio su celular como queriendo escribir un mensaje o hacer una llamada. Yo sólo veía por la ventana todos sus movimientos.
«Karina, sé que estás adentro por favor abre la puerta» no me quería dirigír a la puerta, pensé que en cualquier momento se daría por vencida y se iría de mi casa, hasta que decidí sólo vernos de frente una última vez, me temblaba la mano mientras la acercaba a la perilla, no quería volver a enfrentar ese sentimiento de cruzar miradas y saludos incómodos, pero al mismo tiempo sí. Entonces abrí la puerta y tenía siete girasoles en su mano. Nunca me había gustado tanto el color amarillo pero desde siempre me han fascinado los girasoles «Tú nunca me regalas flores» «y tú nunca le abres la puerta a nadie a menos que sea a ti misma» hace un verano no veía sus hombros en tirantes y el pelo tan largo, con la simple mirada podía decifrar cómo se sentía su piel y a qué olía su ropa. «no quiero tus flores y definitivamente no quiero que estés en mi casa, ya sabes lo nerviosa que me pone que lleguen mis papás» mientras más le insistía que se fuera, más firmes ponía los pies en la banqueta y yo que no podía dejar que se fuera tan rápido inventé un pretexto rápido. «llévate los girasoles y no se te ocurra regresar con gerberas o un cact...»«estas son tus últimas flores, Karina. Adiós.»
Y desde ese entonces no me gusta recibir flores.
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