Más de 16 años mi vista al cielo la invadían (irónicamente) unos cables de luz. Hoy veo directo al cielo.
Tengo dos meses en la ciudad del caos porque nunca me ha gustado hacer las cosas a medias, llegar de un lugar donde me siento segura y cambiarlo a un lugar donde nada es seguro. Conocer a personas increíbles y que tener más de dos hogares. Seguir siendo yo pero encontrarme creciendo. Aprender a soltar amistades, no porque ya no quiera tenerlas, pero porque acepto que nadie es indispensable. Aprender a salir con diferentes weyes pero no clavarme con ninguno (o sí). Escuchar a grupos que jamás pensé siquiera vería en vivo. Sentir que casi pierdo mi trabajo y forzarme a ser mucho mejor. Llorar cada tres días y cuestionarme todo lo que estoy haciendo. Aprender más de mi porque hay más momentos de soledad que de compañía, pero la compañía es de poca madre. Darme cuenta que soy más valiosa por quién soy que por lo que pretendo ser. Estar en momentos incómodos y salir de ellos. Contener todas las emociones cuando hablo con mi familia para que crean que tengo todo bajo control. Pensar un millón de veces que necesito volver a terapia, pero al mismo tiempo darme cuenta que tengo las herramientas para salir adelante. A veces olvido que estoy acá, pero aferrarme hasta la medula de seguir porque esto es lo que he querido desde siempre.
Me doy cuenta que todo lo que he manifestado se ha cumplido, pero no estoy segura de haberlo manifestado bien.