domingo, 8 de febrero de 2015

El color azul

Todo lo que pensé que había descartado volvió a corroér mi disco duro mental, los recuerdos que, según yo, habían desaparecido hace ya algunos meses se hacían cada vez más prominentes, podía escuchar perfectamente todas las vocales que utilizas para reírte, la idea de ti era constante, sentía tus manos recorrer mi vientre, hasta qué parte de mi sistema nervioso llegaba tu mirada después de no vernos tanto tiempo a los ojos, cómo se sentía darte un beso en la cuenca de los labios y había días en los que podía jurar que todavía mi ropa olía a ti, de repente todo eso que me costó tanto guardar en una carpeta más pequeña en mi memoria sentía la necesidad de aparecer como spam cada vez que mi vida seguía adelante. Parecía ser que mi memoria me insistía en preguntar sí quería guardar aquella vez que fuimos al parque en la noche después de tres cervezas en casa de un extraño para alejarnos de aquellas personas que nos molestaban tanto o sí prefería conservar las vacaciones navideñas que pasé en Chicago con toda mi familia que hace años no veía y que siempre olvido la cara de mi primo.

Me llueve sobre mojado.
La soledad que me acompaña, después de todo este tiempo juntas, tiene algunas quejas de mi, me repite constantemente que no eres tú, que ella no contesta el teléfono, no tiene un aroma en particular, ni me permite desabrochar su camisa o leerle un cuento. La soledad que en este momento está acostada conmigo se siente ausente. Su temperatura corporal no existe porque no tiene cuerpo y sí lo tuviera sería así; frío. Mi soledad no se siente como algo, mi soledad es todo lo contrario, como absolutamente nada, ni siquiera como algo vacío, porque no tiene nada para llenarlo. Entonces me doy cuenta que estoy llorando por nada, por absolutamente nada. 

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