jueves, 13 de noviembre de 2014

En cambio tú

El pequeño y al mismo tiempo tan grande gusano me empezaba a recorrer todo el cuerpo, desde la punta de los dedos hasta detrás de las orejas, era la única manera que tenía de describir toda esta rabia que sentía; como un gusano. Uno que no tiene conciencia de lo que hace y actúa por instinto, se arrastra, da vueltas, sube, sigue subiendo y luego baja, se hace nudo en mi estómago y ese mismo nudo lo lleva a la garganta. No me deja concentrarme, incluso reproducí la lista de canciones que tengo como “Estar de buenas es...” Y ni así dejé de sentir al gusano por todas pinches partes. Esperaba con ansias el momento en el que mis manos volvieran a estar calientes, pero cada vez bajaba más la temperatura de ellas. Tenía mil cosas recorriendo mi cabeza, el maldito y mítico gusano subió hasta mi cabeza, se enrredaba y hablaba con mi cerebro haciéndole un cagadero como siempre, es imposible hacer algo en estos casos, mi mente ya estaba perdida, mis sentidos estaban congelados, nada en mi cuerpo funcionaba, hice todo lo posible por -no pensar- pero no pude evitarlo, pensé y pensé de más. Pensé tanto que ideé mil maneras de decir las cosas y otras mil para callarlas, practiqué frente al espejo la cara que hago cuando muestro indiferencia o cuando algo no me duele. Soy mujer, puedo hacer todo el berrinche y desmadre que quiera. 
Pero ningún berrinche me va a salvar hoy, no siquiera una lágrima. 

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