Había leído ya el ensayo de María acerca de la libertad, leía una y otra vez cómo era que ella la había sentido deslizarse por su dedos y de cómo disfrutaba tenerla cerca. Recuerdo cómo era que me corroía la envidia en ese momento, no sabía lo que era estar con ella y las pocas veces que la había tenido cerca había sido sólo por micromomentos que mi memoria al parecer borró de mi disco duro y se encargo de desvanecer el recuerdo lentamente.
Estaba harta de las noches dónde me alejaba más de ella y me esclavizaba a los cigarros de media noche y día, las caguamas más frías que la noche en que prometiste olvidarme, el cóctel de pastillas y marihuana que tenía guardado en un bote de Tylenol.
Puedo dormir una noche más sin ti, ya no eres importante.
Volví a rellenar la pipa con el hachis que quedaba en el bote de pastillas para el dolor, como si no fuera suficiente que mis dos hemisferios cerebrales estuvieran en una constante pelea, los saturaba en un grado analítico emocional y les contaba de ti, de las ganas que sentía por volver a tenerte, disfrutarte, pasar mi tiempo contigo y no dejarte sola jamás, dormir contigo, sentir como te deslizabas entre mis dedos, extrañaba esa paradoja de esclavizarme a ti y a lo que me hacía sentirte cerca, Libertad.
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